Mauricio cayó de espaldas sobre su silla ejecutiva como si le hubieran disparado en el pecho.

Miró a su abogado con ojos extraviados.

“Treviño… dime que esto es una broma…”

El licenciado Treviño carraspeó, incómodo hasta la médula.

“Mauricio, acabo de recibir la notificación del Juzgado Mercantil de San Pedro.”

“¿Qué notificación?”, balbuceó Mauricio.

“El embargo precautorio sobre los derechos fiduciarios de Torre del Valle y Residencial Las Huastecas.”

“¡No pueden embargar mis torres! ¡Son mías! ¡Yo las construí con mi dinero!”

“Las construiste con el aval de sesenta millones de euros firmado por Don Fernando Elizondo en Suiza, señor Villarreal”, intervino Don Íñigo desde Madrid con una cortesía demoledora.

“Al haberse declarado el incumplimiento de la cláusula de solvencia moral y estabilidad conyugal pactada en el contrato de fianza marco, el crédito ha sido cancelado unilateralmente.”

“¡Eso es ilegal! ¡Es una trampa!”, gritó Mauricio golpeando la mesa con los puños cerrados.

“No es una trampa, Mauricio”, le dije mirándolo directo a los ojos a través del monitor.

“Es la realidad que te negaste a ver durante cuatro años.”

“Valentina… por favor…”, su voz empezó a quebrarse, perdiendo toda la soberbia inicial.

“Hablemos a solas. Quita a todos estos viejos de la sala. Por favor, mi amor.”

“No vuelvas a llamarme ‘mi amor’ en tu miserable existencia.”

“Cometí un error, lo sé… estaba estresado por el trabajo… Mariana no significa nada para mí…”

En ese preciso instante, el sonido estridente de unos tacones resonó en la sala de Monterrey.

La puerta del despacho de Treviño se abrió de golpe sin previo aviso.

Mariana de la Torre entró como una tromba, vestida con un conjunto de diseñador mal abrochado y el rostro descompuesto por el llanto histérico.

“¡Mauricio! ¡Tienes que ayudarme ahora mismo!”, gritó ella ignorando la pantalla encendida.

“¡La policía fiscal está en las oficinas de mi empresa! ¡Me pusieron sellos de clausura en la puerta y congelaron mis tarjetas personales!”

Mauricio se levantó furioso, intentando empujarla hacia el pasillo.

“¡Cállate, Mariana! ¡Vete de aquí, estamos en una conferencia judicial!”

Mariana se zafó del agarre con violencia y miró hacia la pantalla gigante donde yo estaba sentada con la cúpula ejecutiva europea.

Sus ojos se abrieron desmesuradamente al reconocerme.

“¿Tú?”, chilló con la voz rota.

“¡Tú hiciste esto, maldita perra desquiciada!”

Me mantuve inmóvil, con la barbilla en alto y una expresión de soberano aburrimiento.

“Buenos días, Mariana. Veo que el café de la mañana no te cayó muy bien.”

“¡Eres una víbora! ¡Mauricio me ama a mí! ¡Siempre te odió por ser una amargada frígida que solo servía para cuidar a una niña malcriada!”

Mauricio le dio un manotazo en el brazo para callarla, aterrorizado por las consecuencias de sus palabras ante…