“Les presento a la nueva Vicepresidenta Ejecutiva de Operaciones Globales, la licenciada Valentina Elizondo.”
Los aplausos fueron inmediatos, sobrios y perfectamente sincronizados.
Caminé hacia la cabecera de la inmensa mesa de cristal de la sala de juntas.
Desde esa altura, Madrid parecía un tablero de ajedrez diminuto extendido a mis pies.
Me senté en el sillón de piel negra de la presidencia adjunta.
Mi padre tomó asiento a mi derecha y el director legal del holding, Don Íñigo Montoya, se colocó a mi izquierda con un maletín abierto.
“Licenciada Elizondo”, comenzó Don Íñigo abriendo un expediente con sellos consulares.
“Tenemos una solicitud de videoconferencia urgente desde el Consulado General de México en Madrid.”
“¿Quién la solicita?”, pregunté con voz clara y templada.
“El señor Mauricio Villarreal, asistido por su abogado corporativo en Monterrey.”
Miré a mi padre.
Don Fernando solo me dedicó una mirada de aprobación silenciosa, dejándome el control absoluto del escenario.
“Conéctelo en la pantalla principal, Don Íñigo”, ordené.
“Enciendan los monitores.”
El panel central de diez metros se iluminó con un destello azul antes de mostrar la imagen satelital en alta definición.
Del otro lado de la pantalla apareció la sala de juntas del despacho jurídico más caro de San Pedro Garza García.
Sentado al centro estaba Mauricio.
Tenía el rostro demacrado, el cabello despeinado y la corbata desanudada sobre una camisa arrugada que evidenciaba que no había dormido en toda la noche.
A su lado estaba el licenciado Treviño, su abogado de cabecera, con cara de funeral y sudando copiosamente frente a la cámara.
Apenas me vio sentada en la mesa presidencial rodeada de los directores europeos, Mauricio se puso de pie de un salto, apoyando las palmas sobre la madera pulida.
“¡Valentina! ¡¿Qué diablos es este circo?!”, gritó con la voz enronquecida por la furia y el desvelo.
Me acomodé en mi sillón con una calma glacial.
Apoyé los codos sobre la mesa y entrelacé mis dedos con elegancia.
“Buenos días, Mauricio. En Madrid son las diez de la mañana. Modera tu tono si deseas que esta comunicación continúe.”
Mauricio abrió los ojos desorbitados, mirando a los ejecutivos que lo observaban desde Madrid con expresiones de absoluto desdén.
“¡¿Moderar mi tono?! ¡Te robaste a mi hija en mitad de la noche!”, bramó él, señalando a la pantalla con un dedo tembloroso.
“¡Sacaste a Sofía del país sin mi autorización firmada!”
Don Íñigo Montoya intervino con una voz pausada que cortó el aire como una hoja de afeitar.
“Señor Villarreal, le informo que la menor Sofía Villarreal Elizondo cuenta con doble nacionalidad hispano-mexicana desde su nacimiento.”
Mauricio parpadeó, desconcertado.
“¿Qué… qué estás diciendo?”
“La menor viajó con su pasaporte de la Unión Europea emitido legalmente por la embajada de España en la Ciudad de México hace tres años”, continuó Don Íñigo sin pestañear.
“Y conforme a la orden de protección internacional dictada esta madrugada por el Juzgado de Violencia sobre la Mujer número dos de Madrid, la custodia provisional exclusiva recae plenamente en su señora madre.”
Mauricio tragó saliva con dificultad y se volvió hacia su abogado.
“¡Treviño! ¡Diles que eso no aplica en México! ¡Diles que voy a meter una alerta de sustracción de menores por la Interpol!”
El licenciado Treviño bajó la mirada hacia sus papeles, secándose la frente con un pañuelo de tela.
“Mauricio… cálmate un segundo por favor…”, murmuró el abogado con la voz apagada.
“¡No me calmo un carajo! ¡Valentina, regresa a Monterrey en el próximo vuelo o te juro que te destruyo la vida!”
Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en mis labios.
Me incliné hacia el micrófono de mesa.
“¿Destruirme tú a mí, Mauricio?”
“¡Tengo derechos como padre y como esposo!”
“Perdiste tus derechos como esposo en el momento exacto en que tu mano se estrelló contra mi mejilla frente a cincuenta personas en Arboleda.”
Mauricio dio un respingo visible.
Su mirada esquivó la mía durante una fracción de segundo antes de endurecerse otra vez con arrogancia desesperada.
“¡Fue un accidente! ¡Tú me provocaste delante de Mariana!”
“¿Un accidente con mano cerrada y fuerza desmedida?”, pregunté con voz neutra.
“Tengo el dictamen del médico legista en mis manos, Mauricio. Fractura incompleta de hueso malar y hematoma subyacente.”
“¡Eso es una mentira de tus médicos comprados!”, chilló él.
“Y los videos de las cámaras de seguridad del restaurante ya están en poder de la Fiscalía General de Justicia del Estado”, añadí con tono implacable.
“¿Pensaste que el dueño del restaurante borraría los archivos por ser tu amigo de parrandas?”
El rostro de Mauricio pasó del rojo de la ira a una palidez ceniza en cuestión de segundos.
“¿Qué… qué hiciste con las cámaras?”
“Mi padre compró el inmueble de la plaza comercial entera esta mañana a las seis”, respondí con frialdad absoluta.
“El arrendador de tu restaurante favorito ahora es una subsidiaria de Inversiones Elizondo.”