Observé la ruta de vuelo parpadeando en la pantalla frente a mi asiento. Destino final: Madrid, Barajas. A mi lado, mi pequeña Sofía dormía profundamente. Sus deditos se aferraban con fuerza a la solapa de mi abrigo de lana, buscando calor y seguridad. A más de diez mil metros de altura, mi celular ya no tenía cobertura. Pero no necesitaba internet para saber exactamente qué estaba ocurriendo al otro lado del Atlántico. En este preciso instante, Mauricio Villarreal debía estar parado en el centro de nuestra inmensa casa en San Pedro Garza García, mirando los clósets vacíos, los cajones revueltos y la cama de nuestra hija sin sus peluches favoritos.
Apenas catorce horas antes, en medio de uno de los restaurantes más exclusivos de Arboleda, él me había cruzado la cara de una bofetada. Y todo por defender a Mariana de la Torre. El impacto fue tan brutal que el murmullo de las mesas vecinas se apagó de golpe. Tan fuerte, que mi paladar se inundó al instante con el inconfundible sabor metálico de mi propia sangre. Pero, sobre todo, fue tan fuerte que logró despertarme del coma profundo que había sido mi matrimonio.
Cuatro años. Me casé con Mauricio a los veinticuatro. Desde el día de mi boda hasta ayer, mi único título había sido ser “la señora de Villarreal”. Por él, rechacé la vicepresidencia en la empresa de mi familia en Europa. Por él, abandoné el futuro brillante que mi madre había diseñado para mí. Por él, acepté convertirme en un adorno de lujo: organizar cenas de beneficencia, sonreír en las fotos de sociales, criar a nuestra hija y esperar. Mauricio siempre repetía que su mayor paz era llegar a casa y encontrarme ahí, esperándolo.
Así que me dediqué a esperar. Me decía que Mariana era solo su socia minoritaria, una amiga de la infancia que lo necesitaba. Y yo me obligué a creerle. Me juraba que esos mensajes a las dos de la mañana eran crisis de la empresa. Y yo me mordí la lengua para no hacer preguntas. Sin embargo, cuando levantó el brazo para golpearme frente a todos, no tuvo ni una fracción de segundo de duda. El restaurante estaba a reventar anoche.
Yo había llevado a Sofía porque Mauricio prometió, por primera vez en meses, que tendríamos una cena de los tres para celebrar las buenas calificaciones de la niña. Pero entonces, Mariana apareció. Caminó hacia nuestra mesa sin invitación, envuelta en un vestido de seda y portando esa sonrisa tímida y frágil que siempre usaba como escudo. “Qué coincidencia, no quería interrumpir su noche”, dijo con voz dulce. Pura hipocresía. Mauricio se puso de pie como si tuviera resortes. “No interrumpes nada. Siéntate, por favor.”
Yo lo fulminé con la mirada. “Mauricio, quedamos en que hoy era una noche exclusiva para Sofía.” Él tensó la mandíbula, molesto por mi falta de tacto. “No empieces con tus niñerías, Valentina.” Mariana bajó la mirada al suelo, jugando con su bolso. “Tiene razón, mejor me retiro. Odio ser el motivo de sus peleas.” Pero sus zapatos no se movieron ni un centímetro. Por el contrario, esperó a que Mauricio le acercara la silla y se sentó justo a su lado.
El ambiente se volvió insoportable. A mitad del plato fuerte, Sofía, nerviosa por la tensión, tiró por accidente su vaso de limonada sobre el mantel de lino. Mariana soltó un suspiro de desaprobación y una risita cargada de veneno. “Es lo que pasa cuando las mamás modernas no saben poner límites. Los niños se vuelven incontrolables.” La sangre me hirvió. Tomé a mi hija de los hombros y la acerqué a mi pecho. “No te atrevas a evaluar la educación de mi hija”, le advertí, con el tono más frío que pude articular.
Mariana abrió mucho los ojos, llevándose una mano al pecho como si le hubiera clavado un cuchillo. Mauricio soltó los cubiertos de golpe contra el plato. “Pídele perdón ahora mismo.” Lo miré, incrédula. Sentí que el aire me faltaba. “¿Perdón? ¿Estás hablando en serio?” “Mariana no dijo ninguna mentira. Te estás portando como una histérica. Discúlpate.” “Acaba de insultar a nuestra hija en nuestra propia mesa.” “Solo fue una observación.” Fue entonces cuando Mariana recurrió a su mejor truco. Se cubrió el rostro con ambas manos y su voz se quebró en un sollozo perfecto.
“Déjalo, Mau. Ya estoy acostumbrada a que Valentina me trate como basura. Siempre me ha odiado.” No sé qué fue lo que finalmente se rompió dentro de mí. Quizás fue mi dignidad tratando de sobrevivir. Quizás fue el asco de ver cómo él siempre la elegía a ella. Miré a la mujer que lloraba lágrimas secas y dije en voz alta: “Por supuesto. La eterna víctima que no puede vivir sin la atención de mi marido.” El golpe aterrizó en mi rostro antes de que pudiera parpadear.