Parte 1
Elena cayó de rodillas sobre el piso de la cocina cuando su esposo levantó un bate de madera y apuntó directamente contra el bebé que llevaba 6 meses creciendo dentro de ella. Afuera, una tormenta golpeaba las ventanas de la casa en Lomas de Chapultepec. Adentro, el hombre con quien había compartido 4 años de matrimonio parecía dispuesto a matarla.
Elena Robles trabajaba como enfermera de urgencias en un hospital privado de Ciudad de México. Había atendido accidentes terribles, heridas de bala y niños al borde de la muerte. Sin embargo, ninguna emergencia la había preparado para ver a Mauricio Alcázar sujetando aquel bate con ambas manos. A su lado estaba Valeria Suárez, la asistente personal que durante el último año se había convertido en su amante. —Mauricio, piensa en nuestra hija —suplicó Elena, protegiéndose el vientre—. Tú sabes que jamás te fui infiel.
Valeria le apretó el brazo a Mauricio. —No le creas. Ya viste las fotografías del hotel y los mensajes con el director del hospital. Ese bebé ni siquiera es tuyo. Las imágenes eran falsas. El supuesto amante era el médico que había orientado a Elena desde que comenzó su carrera. Pero Mauricio no quiso escuchar explicaciones.
Durante meses, Valeria había alimentado su resentimiento. Le repetía que los 3 hermanos mayores de Elena lo despreciaban, que se burlaban de su pequeña constructora y que algún día le quitarían todo. Los hermanos Robles eran empresarios conocidos. Alejandro dirigía una compañía tecnológica; Tomás administraba un fondo de inversión, y Sebastián controlaba desarrollos inmobiliarios en varios estados. Los 3 habían protegido a Elena desde la muerte de su madre. También habían advertido a Mauricio que jamás la lastimara.
Pero aquella noche estaban lejos. El primer golpe cayó sobre el hombro izquierdo de Elena. El dolor le recorrió el brazo y la hizo perder el equilibrio. Antes de tocar el suelo, envolvió su vientre con ambos brazos. —¡Detente! —gritó—. ¡Puedes matar a tu hija!
Mauricio volvió a golpearla, esta vez en la espalda. Elena sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Su bebé se movió con desesperación. Ella intentó arrastrarse hacia el teléfono que estaba sobre la barra, pero Valeria lo tomó primero y lo guardó dentro de su bolso. —Tus hermanos no llegarán a tiempo —dijo con una sonrisa—. Cuando te encuentren, todos creerán que fue un ataque provocado por celos.
Elena la miró horrorizada. Entonces comprendió que aquello no era una discusión que se había salido de control. Las fotografías, los registros del hotel y las acusaciones habían sido preparados para justificar lo que ocurriría esa noche. Mauricio la tomó del cabello y la obligó a levantar el rostro.
—Siempre pensaste que eras mejor que yo. —Yo te amaba. —Amabas el apellido de tu familia.
Elena vio una carpeta abierta sobre la mesa. Entre los documentos reconoció una póliza de seguro de vida que jamás había firmado y una modificación del fideicomiso creado por su padre. Si ella moría antes del nacimiento, Mauricio obtendría temporalmente sus derechos de voto dentro de las empresas familiares. Valeria no quería solamente destruir su matrimonio.
Quería convertir a Mauricio en dueño de una parte de la fortuna Robles. —Ella te está usando —murmuró Elena—. Cuando yo muera, también se deshará de ti. Mauricio vaciló apenas un instante.
Valeria señaló el bate. —Termina lo que comenzaste. Él levantó el arma nuevamente.
Esta vez no apuntó a la espalda ni a los hombros. Miró directamente el vientre de Elena. La niña pateó bajo la palma de su madre. —Por favor —susurró ella—. A mí sí, pero a ella no.
Mauricio lanzó el golpe. La puerta principal estalló antes de que el bate pudiera alcanzarla. La cerradura salió despedida y una figura atravesó la madera rota. Un hombre corpulento sujetó la muñeca de Mauricio, lo empujó contra el refrigerador y arrojó el bate al otro extremo de la cocina. Elena abrió los ojos.
Conocía aquella cicatriz sobre la ceja. Conocía aquella voz.
—No te muevas, Elena. La ambulancia viene en camino.
Era Julián Cárdenas, antiguo jefe de seguridad de Alejandro, desaparecido desde hacía 5 años después de ser acusado de traicionar a la familia. Mauricio creía que estaba muerto. Valeria, en cambio, lo reconoció inmediatamente.
Su rostro perdió todo color. Julián la señaló y pronunció la frase que convirtió su miedo en terror. —Tu padre prometió que nunca volverías a acercarte a ella.
Parte 2